6.11.20

El que sabe, sabe



El que sabe, sabe

Cuando pienso en el ser humano me lleno de asombro. Somos capaces de cosas maravillosas. Sólo el hecho de que nuestro corazón lata entre 60 y 100 veces por minuto, es un milagro.  Artísticamente, intelectualmente y físicamente, también hemos roto nuestras propias fronteras.

Si lo pensas bien secretamente todos añoramos esa sabiduría que se nos está prohibida, como en la alegoría de las cavernas de Platón. Pero sin desmemoriarnos del pasado y honrándonos de lo que hace al porvenir, nos gusta hablar de lo que si sabemos,  de pluralidad cultural; de la contraposición a la lucha entre diferentes estirpes, y esto hace que soñemos que ya no hay contienda, y en este sueño se nos va la vigilia con la claridad ante la otredad. El grupo humano que nos reclama, es aquel que tiene por último fin el desapego por los conflictos bélicos sociales de tribus, sociedades o naciones. Esto es ser ese sueño, y queremos que más como nosotros se unan, recordando que la palabra “raza” ya es una concepción político-social errónea y peyorativa. Y esto nos hace un poco más abiertos, aunque no del todo.

Habría que practicar más el “Amor al prójimo”, como nos mostró Max Jacob en su corto pero reflexivo poema. Hay que empezar a decir basta a la discriminación, a la separación, al odio, y al terror. Debemos saber que el mal también se encuentra, pero no más que la bondad, la luz es más fuerte que la oscuridad, y aunque no todos lo saben y siguen practicando la malicia, llegará el momento de que su destino será estar cegados por el resplandor de lo bueno.

Ir con la luz no es casualidad es causalidad. La labor que nos depara es la masividad de la aceptación de los orígenes propios y ajenos, repudiando disputas que van desde el poder, la economía, el territorio, y hasta la ideología. Y aunque quizás muchas veces nos vemos sin buen ánimo por el día a día, estos son motivos,  de una de las grandes razónes para celebrar, mirar al otro, amar. Obsequiar firmeza en  ese apretón de manos y posterior abrazo. Educándonos desde ese respeto, dando paso al análisis y la valoración de la inmensa variedad de culturas, que nos mueven y nos atraviesan día a día. Como hizo Piccasso, transformemos nuestra tristeza en arte, y nuestra ignorancia en el hambre de conocimiento, que hará que llenemos nuestras almas del mejor alimento: el saber.  



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