16.1.24

Unidos sin ver

 



Se bajó del auto y entró en la casa, muy bella, de color blanco y acabado castaño. Antes de subir se detuvo en la galería, anterior a la escalera, de arriba bajada el sonido estrepitoso de la música, se preguntaba ¿Cómo había muerto el león y el esclavo? 
Del cuento que había leído la noche anterior.  Entonces escuchó un ruido en la planta alta. 
Se detuvo en seco, esperando escuchar el siguiente sonido. Un ruido a cucharita cayendo en la mesa le hizo recordar que le había dicho a Nadia que viniera unas horas antes.
Él no quería nada con ella, y ella tampoco con él pero en ese no querer, se querían. Se valoraban y compartían.
¿Camilo? Se escuchó desde arriba.
Si soy yo, respondió el ávido lector aliviado. Subió las escaleras y la abrazó con todas sus fuerzas. 
Extrañada, Nadia lo tomó de los hombros apartándose y lo miró fijo y le dijo:  en unos minutos empieza el curso ,¿estás bien?. 
-Sí -respondió sonriendo.  Las catedrales afuera resonaban con sus campanas mecidas por sogas que eran guiadas por ciertos monjes.  
Comenzaron el curso más tarde
Nadia enojada dijo: -no vuelvas a llegar tarde, la próxima no te espero. Ella y él sabían ciertamente que no iba a ser así, siempre esperando y siempre expectante, Nadia acompañaba a su compinche, amigo, y a veces algo más.
Es que cuando sabemos lo finito de nuestra existencia, no tenemos tiempo para dejar a nadie atrás, y solo cuando la compañía es una elección y no  una imposición  nos hacemos grandes, eternos, y audaces. Aun sabiendo que perecer no es la verdad que se nos niega, sino la impronta que dejamos en otros. Siendo Nadia y Camilo el ejemplo de ese amor, que todo lo espera y todo lo soporta, sin daños ni perjuicios, como el agua del río que va al mar. Unidos sin ver. 


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