Se bajó del auto y entró en la casa, muy bella, de color blanco y acabado castaño. Antes de subir se detuvo en la galería, anterior a la escalera, de arriba bajada el sonido estrepitoso de la música, se preguntaba ¿Cómo había muerto el león y el esclavo?
Del cuento que había leído la noche anterior. Entonces escuchó un ruido en la planta alta.
Se detuvo en seco, esperando escuchar el siguiente sonido. Un ruido a cucharita cayendo en la mesa le hizo recordar que le había dicho a Nadia que viniera unas horas antes.
Él no quería nada con ella, y ella tampoco con él pero en ese no querer, se querían. Se valoraban y compartían.
¿Camilo? Se escuchó desde arriba.
Si soy yo, respondió el ávido lector aliviado. Subió las escaleras y la abrazó con todas sus fuerzas.
Extrañada, Nadia lo tomó de los hombros apartándose y lo miró fijo y le dijo: en unos minutos empieza el curso ,¿estás bien?.
-Sí -respondió sonriendo. Las catedrales afuera resonaban con sus campanas mecidas por sogas que eran guiadas por ciertos monjes.
Comenzaron el curso más tarde
Nadia enojada dijo: -no vuelvas a llegar tarde, la próxima no te espero. Ella y él sabían ciertamente que no iba a ser así, siempre esperando y siempre expectante, Nadia acompañaba a su compinche, amigo, y a veces algo más.
Es que cuando sabemos lo finito de nuestra existencia, no tenemos tiempo para dejar a nadie atrás, y solo cuando la compañía es una elección y no una imposición nos hacemos grandes, eternos, y audaces. Aun sabiendo que perecer no es la verdad que se nos niega, sino la impronta que dejamos en otros. Siendo Nadia y Camilo el ejemplo de ese amor, que todo lo espera y todo lo soporta, sin daños ni perjuicios, como el agua del río que va al mar. Unidos sin ver.
Del cuento que había leído la noche anterior. Entonces escuchó un ruido en la planta alta.
Se detuvo en seco, esperando escuchar el siguiente sonido. Un ruido a cucharita cayendo en la mesa le hizo recordar que le había dicho a Nadia que viniera unas horas antes.
Él no quería nada con ella, y ella tampoco con él pero en ese no querer, se querían. Se valoraban y compartían.
¿Camilo? Se escuchó desde arriba.
Si soy yo, respondió el ávido lector aliviado. Subió las escaleras y la abrazó con todas sus fuerzas.
Extrañada, Nadia lo tomó de los hombros apartándose y lo miró fijo y le dijo: en unos minutos empieza el curso ,¿estás bien?.
-Sí -respondió sonriendo. Las catedrales afuera resonaban con sus campanas mecidas por sogas que eran guiadas por ciertos monjes.
Comenzaron el curso más tarde
Nadia enojada dijo: -no vuelvas a llegar tarde, la próxima no te espero. Ella y él sabían ciertamente que no iba a ser así, siempre esperando y siempre expectante, Nadia acompañaba a su compinche, amigo, y a veces algo más.
Es que cuando sabemos lo finito de nuestra existencia, no tenemos tiempo para dejar a nadie atrás, y solo cuando la compañía es una elección y no una imposición nos hacemos grandes, eternos, y audaces. Aun sabiendo que perecer no es la verdad que se nos niega, sino la impronta que dejamos en otros. Siendo Nadia y Camilo el ejemplo de ese amor, que todo lo espera y todo lo soporta, sin daños ni perjuicios, como el agua del río que va al mar. Unidos sin ver.
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