Sonó la alarma y a los 5 minutos sonó otra.
Realmente no me quería levantar, no sabía cómo iba a terminar ese día y la verdad no me interesaba. Me preparé el café y Roberto se movió en su cuna. Trate de no hacer ruido, si se levantaba antes perdería toda la mañana.
Cuando terminé de tomar mi infusión, decidí revisar mi teléfono. Tenía 1 llamada perdida del trabajo y 24 mensajes de texto de mi familia. Prioricé la llamada del trabajo.
-¿Hola?
-Si Hola, tengo una llamada perdida.
-Paola, necesitamos que vengas a trabajar mañana domingo. Una de tus compañeras se enfermó y la demanda es mayor estos días.
-Ok, mañana voy.
Corté con la sensación de que no había sido mi mejor decisión. Pero Roby ya estaba despierto y no tenía mucho tiempo para pensar, se había hecho caca.
Mi bebé de 1 año y medio, demandaba lo usual y era de buen comer, así que era muy sanito. Eso me tranquilizaba todos los días. Cuando me encontré viendo los mensajes de mi familia, no lo podía creer, aunque era bastante probable que fuera verdad porque estábamos en verano. Todos se habían ido a Huerta Grande sin previo aviso, y no sólo eso, me habían invitado a ir con Roby, cosa que era natural porque ese fin de semana lo tenía “libre”.
Me dije: qué gran infortunio, pleno verano, mi familia lejos sin poder cuidar a Robertito y tenía que ir a trabajar al día siguiente. Entonces no tuve mejor idea que pensar cómo hacer para ir hasta allá, dejar a mi hijo y volver a tiempo para trabajar al otro día a la mañana temprano. Empecé a llamar a la terminal para ver si había pasajes. Me dijeron que sí. Inmediatamente y lo más rápido que pude preparé el bolso del gordito, puse en mi cartera lo que “creí” necesitaría y salí a tomar el colectivo que me llevaría a la terminal.
Subí a duras penas con el bebé ya que no caminaba mucho, su bolso y mi cartera, tenía miedo de que se me cayera, estaba bastante gordo, encima no se quedaba quieto.
Cuando me senté en el primer asiento, que tenía un dudoso perfume, pase la tarjeta y nada. No tenía saldo. Tuve que bajarme en la siguiente parada, porque obviamente el colectivo iba casi vacío, y el chofer se consideraba a sí mismo una persona tan noble y abnegada con su trabajo que no me dejó seguir el viaje. Por suerte fue solo una parada, pero el peso de mi hijo ya me hacía sentir un poquito vencida la espalda.
Camine con él y volví hasta el kiosco, corriendo como pude con todo a cuestas. Cuando logré cargar la tarjeta, corrí para que no se me pase el siguiente colectivo. Las piernas me temblaban. Ya en el transporte urbano, me di cuenta que en el anterior había pisado y manchado mis botamangas de vómito (de algún niño y rezaba para que fuera eso). Cuando bajé en la terminal parecía que habían convocado a una marcha de la cantidad de gente que había. Mi espalda aún sufría el peso del pequeño y trataba de abrirme paso entre la gente que se agolpaba en la boletería. El olor que emanaba mis pantalones con el calor se había acrecentado y eso alejó un poco a la gente, aunque el hecho de que tenía un bebe en brazos debería haberlo hecho.
Ya eran las 12:45 y el hambre empezaba a asomarse, trataba de no prestar atención al ruido que hacía mi panza. Me esperaba 1:30 para estar comiendo con mi familia. En cierta forma estaba feliz. Cuando subí al colectivo me llamó la atención ver a tanta gente de mi edad y más jóvenes también, todos con remeras negras, o la gran mayoría. Cuando había pasado media hora de que salimos el colectivo empezó a frenar cada vez más, y mi querido niño empezó a llorar. A los quince minutos estaba gritando desconsoladamente y había salido tan rápido de la casa que no había puesto la mamadera que preparé instantes antes. Y no tenía nada para darle. Cuando decidí levantarme del asiento a preguntarle al chofer porque nos demoramos tanto, desearía no haberlo hecho.
Vivir en un termo no es fácil; ese fin de semana estaba el Cosquín Rock. Lo que sería un viaje de Hora y media, se había convertido en un viaje de 5 horas.
Como mi bebé no se callaba un rockanrolero me dio galletitas de agua, y lo calle un ratito hasta que me di cuenta que se había hecho caca encima, de él y de mí. El olor a todo lo que tenía encima era insoportable.
El viaje no terminaba más. Cuando al fin llegué me bajé antes y caminé los 2 kilómetros que me llevaban al balneario, donde estaba mi familia tomando el sol. El dolor de espalda era insoportable, y el olor más. Llegué a las 19:00 horas, casi de noche. Todos me miraron y me olieron, se rieron hasta más no poder. Yo me había dicho a mí misma, pensar antes de actuar, porque cuando la adversidad persiste, sos capaz de ver mejor a la familia, al sol, a los desconocidos con galletitas y a tu propio viaje en la vida, tanto que te olvidas del trabajo, del rock y del tiempo.
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